ESE CIERTO CINESIN ALIENTO
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Ernesto Diezmartínez GuzmánEste año se cumple medio siglo de la aparición de la Nueva Ola Francesa, con su primer largometraje oficial, El Bello Sergio (1958), de Claude Chabrol. Sin embargo, un filme realizado un par de años después sería, con el paso del tiempo, acaso el más importante de esta corriente fílmica gala formada por cinecríticos convertidos en cineastas. Me refiero a Sin Aliento (À Bout de Souffle, Francia, 1960), primer largometraje del suizo-francés Jean-Luc Godard.
Guardando las proporciones y la debida distancia, el caso de Godard puede bien compararse con el de Orson Welles. Los dos realizaron una opera prima tan importante e influyente que terminó por opacar buena parte del resto de su obra. Es cierto que Los 400 Golpes (Truffaut, 1959) es más entrañable y que Hiroshima Mi Amor (Resnais, 1959) tiene más prestigio intelectual, pero Sin Aliento es, insisto, la que mejor deja ver las propuestas más frescas y radicales de la corriente fílmica francesa.
Los personajes, la trama y la realidad misma en la película de Godard son abiertamente cinematográficos y apelan no a las relaciones que se suceden dentro de la pantalla sino fuera de la misma. Sin Aliento ve hacia el espectador, lo reta, le guiña el ojo, juega con sus expectativas.
La historia -escrita por François Truffaut- parece un mero borrador de una B-movie gangsteril americana: un delincuente parisino (Jean-Paul Belmondo) se convierte en un codiciado blanco por la policía de todo el país después de matar a un agente de tránsito. El tipo, Michel Poiccard, no parece muy preocupado: sigue cometiendo robos, timos, atracos, y está obsesionado por una bellísima estadounidense viviendo en París, Patricia (Jean Seberg), a la que quiere convencer para huir hacia Italia.
Más allá de los revolucionarios -¡y accidentales!- jump-cuts que interrumpen subrayando el flujo narrativo, lo fascinante de Sin Aliento es la seguridad con el que el entonces debutante Godard hecha mano de mucho signos fílmicos -la cámara en mano, por ejemplo- que muy pronto se volverían cliché. La modernidad fílmica había nacido con un cigarrillo en la boca y una preciosa y enigmática sonrisa.
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