EN CARTELERA
COLATERAL: LUGAR Y TIEMPO EQUIVOCADOS
(*** 1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánCreo que ya lo escribí alguna vez: el cine de Michael Mann nunca me ha convencido del todo. Es cierto que me pareció notable El Informante (1999) –acaso su mejor cinta hasta la fecha—pero tengo la sensación que las elogiadas El Último de los Mohicanos (1992), Muhammad Alí (2001) y, en especial, la cult-movie Fuego Contra Fuego (1995), han sido exageradamente sobrevaloradas (aunque suene a herejía, debo confesar que esta última película, de plano, me aburrió).
Por lo mismo, Colateral: Lugar y Tiempo Equivocados (Colateral, EU, 2004) me sorprendió. Por supuesto, esperaba que la trama abordara el tema que siempre le ha interesado a Mann: la profesionalidad de sus machos neuróticos, solitarios y obsesivos. La historia –escrita por Stuart Beattie—es típica de Mann: un frío asesino a sueldo llamado Vincent (Tom Cruise, muy concentrado en su mirada cínica, vacía y amoral) toma un taxi conducido por el eficiente trabajador Max (espléndido Jamie Foxx), quien se ve obligado a fungir como lazarillo del matarife, que tiene la tarea de ejecutar a cinco personas en una sola noche en la ciudad de Los Ángeles.
La relación entre estos dos auténticos profesionales (el asesino bajo contrato de la “gente de Culiacán y Cartagena” y el meticuloso taxista que limpia su auto y conoce hasta la programación de los semáforos angelinos) es el centro dramático del filme. Estamos ante un thriller existencial que nos recuerda el corazón del discurso de Camus en El Hombre Rebelde: “La rebelión no se concibe sin el sentimiento de tener uno mismo, de alguna manera y en parte, la razón”. Es decir, la rebelión entendida por Camus –entendida también por Mann en el filme—empieza por la conciencia misma del propio valor: porque valgo, me rebelo. Digo no y al negarme a HACER algo, me estoy negando a SER algo. Dicho de otra manera: es imposible la rebelión sin la conciencia. Así, para que Max pase a la acción, tiene primero que darse cuenta de su propio valor, de su existencia y la de los otros, amenazadas por ese eficaz matón, que asesina porque a nadie le importa nada en este universo enorme e indiferente.
El contenido dramático de la película, decía, era más o menos esperado. Sin embargo, lo que me entusiasmó de este filme de Mann es que la magnífica ejecución de la historia no interfiere en lo absoluto con la propuesta argumental ya descrita. Como en algunos de los más grandes thrillers, se le exige al espectador que suspenda su escepticismo: hay coincidencias absurdas (que Max conozca a una de las víctimas de Vincent, por ejemplo) y un desenlace resuelto con demasiada facilidad/felicidad. Con todo, lo que importa es la propuesta moral de Mann y su guionista Beattie: sólo actuando se pueden frenar las injusticias. Acaso estemos inmersos en ese frío e infinito universo que menciona Vincent en cierto diálogo clave pero, por lo mismo, la indiferencia no debe ser una opción de vida.
En el aspecto formal, ya mencioné la notable ejecución de Mann en la narración fílmica de esta historia. Hay que ser específicos: sabio uso de locaciones reales angelinas con todo y loable verosimilitud ambiental/cultural (el pequeño jazz-bar en donde se toca a Miles Davis, el antro mexicano desde donde un narco ¿sinaloense? gobierna); ecléctica banda sonora que acompaña a Vincent y Max en sus respectivas odiseas y que representa la condición cambiante, improvisada, que se vive en esa noche; impresionante montaje de cierta secuencia violenta (la balacera en donde Max se escabecha a una decena de cristianos); y, por supuesto, una dirección actoral que no tiene tache.
La sorpresa no es el desempeño de Cruise, por más que la publicidad nos venda su trabajo como el mejor de su carrera (no, no creo que lo sea), sino la actuación de Foxx, de quien no recuerdo haber presenciado una interpretación tan matizada y creíble. Foxx es el perfecto hombre común y decente que se ve arrastrado a tomar decisiones fundamentales no sólo para su vida, sino para la de otras personas más. Es un pobre diablo enfrentado a una gran responsabilidad, agobiado por ella, pero no vencido por ese peso. Foxx es, por supuesto, el auténtico héroe de esta cinta, aunque, ¿por qué será que su triunfo no nos emociona tanto?
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