ESE CIERTO CINE
ETERNO RESPLANDOR DE UNA MENTE SIN RECUERDOS
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Ernesto Diezmartínez GuzmánCharlie Kauffman lo volvió a hacer. Si pensábamos que no podía ocurrírsele algo más original que una película acerca de un grupo de personas invadiendo el cerebro de un famoso actor (¿Quieres Ser John Malkovich?/Jonze/1999), algo menos hollywoodense que un filme sobre un guionista con bloqueo creativo (El Ladrón de Orquídeas/Jonze/2002) y algo más extraño que una comedia sobre un asesino que se hace pasar por un imbécil conductor televisivo o viceversa (Confesiones de una Mente Peligrosa / Clooney/2002), he aquí al guionista estadounidense más celebrado / elogiado / discutido de los últimos años presentando otra apuesta mayor, arriesgada, provocadora. Se trata de una surreal, oscura pero, al final, edificante historia de amor: Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, EU, 2004), segundo largometraje del cineasta francoamericano Michel Gondry, cuya primera película –Human Nature (2002), inédita en México—también fue escrita por Mr. Kauffman.
Long Island, Nueva York. Joel Barish (Jim Carrey) espera el tren que lo llevará a su trabajo en Manhattan. Inexplicablemente, Joel decide tomar el transporte en dirección contraria, hacia la playa. En el tren Joel se topa con Clementine (Kate Winslet), una muchacha extrovertida, directa, agresiva. A pesar de sus notables diferencias –él es introvertido, solitario, sombrío; ella es alegre, abierta, impulsiva—, terminan pasando la noche juntos. Parece que los dos han encontrado a su alma (no tan) gemela.
Después de 20 minutos, aparecen los créditos iniciales: lo que hemos visto es un largísimo prólogo antes de entrar en una laberíntica historia de amor/desamor que comienza cuando vemos que Clementine ha olvidado por completo a Joel. No es un olvido metafórico: es un olvido real, científico. Y es que la irreflexiva Clementine, cansada de su difícil relación con Joel, fue con un tal doctor Mierzwiak (Tom Wilkinson), quien con unos aparatejos extraños ha borrado de su memoria todo rastro de Joel. Cuando éste se da cuenta, decide pagar con la misma moneda: quitarse de su mente todo lo que tenga que ver con Clementine.
El filme de Gondry (¿o tendría que escribir “de Mr. Kaufman”?) entra en un terreno onírico en el cual se desenvuelve a la perfección. Es más: si exceptuamos la obra de algunos grandes maestros –Buñuel ¿y quién más?—, no encuentro en mi traicionera memoria una película reciente que haya llevado al cine con tal verosimilitud el mundo de los sueños, en toda su desvariante pero implacable lógica interna. Y es que buena parte de la cinta transcurre en la mente de Joel; mejor dicho: en los recuerdos escondidos en la mente de Joel. Para hacer todo más confuso, pronto nos daremos cuenta que lo que vimos al inicio no fue, en realidad, el prólogo de la historia, sino (casi) su epílogo.
Con todo, más allá de la brillante propuesta narrativo/visual –comparable a la puesta en imágenes desde dentro de la cabeza de John Malkovich en la cinta de 1999—, Eterno Resplandor… me entusiasmó por una razón más de fondo: el hecho de que esta cerebral película resulta, al final, un sorpresivo –por lo inesperado—alegato a favor del amor. Así, cuando uno termina de ver la cinta, dan ganas de ir con nuestra media naranja para abrazarla, darle un beso y decirle, emocionado: “A veces no te soporto, pero no puedo vivir sin ti”. ¿Se le ocurre a usted una mejor declaración amorosa?
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